Desde acá la siento llorar y me rompe el alma. Con lo lindo que es escucharla reír y ver esos dientes separados, que hacen lugar a las muelas de juicio que están por salir.
Su llanto es tenue, para no incomodarme. Llora en la pieza, llora sola. Un lamento ahogado. Uno sin esperanzas, que la agota, que la supera.
Yo estoy para ella, como siempre estuve. Estoy pero no sé cómo actuar. Siento su dolor. Cada sollozo es una puntada en el estómago, en el pecho. Quiero abrazarla, quiero contenerla, quiero saber cómo ayudarla y hacerlo. Pero mi inexperiencia me desespera y me bloquea.
Habla por teléfono. La madre la escucha, le debe decir que se tranquilice, que todo va a estar bien, que mañana viene a abrazarla, a llenarla de besos, de esos que supo darle aprendiendo a ser su madre.
Sufre del otro lado de la pared. Sufre. Mucho.
Y no lloraba por la película que mirábamos, como pensé, lloraba por su tormento. Idiota de mí que no la abracé, idiota de mí que no la contuve, que no supe decirle en el momento justo que las cosas, tarde o temprano, van a estar mejor, que la quiero, y que la admiro más que a cualquier ser que haya existido, que existe o que existirá en esta nefasta vida que la hace sufrir.
Pero le cebe un mate amargo, uno como le gusta, y la mire llorar, la escuche putear, desahogarse. Le cebe otro y la vi tragar lágrimas saladas, sorber el mate y prender un pucho.
Le cebe un mate amargo con la esperanza de que calme, que suavice ese interminable y puto dolor que la hace infeliz.