miércoles, 14 de diciembre de 2011

Mate amargo


Desde acá la siento llorar y me rompe el alma. Con lo lindo que es escucharla reír y ver esos dientes separados, que hacen lugar a las muelas de juicio que están por salir.
Su llanto es tenue, para no incomodarme. Llora en la pieza, llora sola. Un lamento ahogado. Uno sin esperanzas, que la agota, que la supera.
Yo estoy para ella, como siempre estuve. Estoy pero no sé cómo actuar. Siento su dolor. Cada sollozo es una puntada en el estómago, en el pecho. Quiero abrazarla, quiero contenerla, quiero saber cómo ayudarla y hacerlo. Pero mi inexperiencia me desespera y me bloquea.
Habla por teléfono. La madre la escucha, le debe decir que se tranquilice, que todo va a estar bien, que mañana viene a abrazarla, a llenarla de besos, de esos que supo darle aprendiendo a ser su madre.
Sufre del otro lado de la pared. Sufre. Mucho.
Y no lloraba por la película que mirábamos, como pensé, lloraba por su tormento. Idiota de mí que no la abracé, idiota de mí que no la contuve, que no supe decirle en el momento justo que las cosas, tarde o temprano, van a estar mejor, que la quiero, y que la admiro más que a cualquier ser que haya existido, que existe o que existirá en esta nefasta vida que la hace sufrir.
Pero le cebe un mate amargo, uno como le gusta, y la mire llorar, la escuche putear, desahogarse. Le cebe otro y la vi tragar lágrimas saladas, sorber el mate y prender un pucho.
Le cebe un mate amargo con la esperanza de que calme, que suavice ese interminable y puto dolor que la hace infeliz. 

jueves, 1 de diciembre de 2011

A sabiendas


   A sabiendas de que nunca va a llegar, espero un mensaje tuyo. Un escrito, una señal, una llamada, algo que sostenga la teoría más absurda, la hipótesis más mediocre, algo que me pruebe que todavía pensás en mí, que todavía sentís nostalgia de lo que fue, nostalgia de lo que fuimos.
   Supongo que hace tiempo que soy consciente de eso, supongo que ya lo interioricé. No vas a escribirme. Ni hoy, ni mañana. No vas a escribirme más.
   Está claro que mi idiotez es colosal. Espero algo que sé que no va a llegar. Espero, aunque deteste esperar. Me se idiota, me se impaciente. Me se un despojo, me se un desastre. Y es un poco por tu culpa. Y no porque no me escribas, y no porque no me pienses. Es un poco por tu culpa porque te olvidaste un mar de tus restos en mi pieza, en mi vida, en mis recuerdos.
   Tendrías que habértelos llevado.
   Y tendrías que haberlo hecho porque así hoy yo no me sabría idiota, no me sabría impaciente, tampoco me sabría un despojo, ni un desastre. Hoy no esperaría un mensaje tuyo a sabiendas de que nunca va a llegar. Hoy no tendrías la culpa de no haberte llevado tus restos. Hoy tendría otras teorías, otras hipótesis.
    Pero no te llevaste tus restos. Ni tampoco vas a volver, ni siquiera para agarrar todo eso que dejaste, y llevártelo como tendrías que haberlo hecho.
    No vas a volver y por eso yo espero, a sabiendas de que nunca va a llegar, un mensaje tuyo que me pruebe que todavía pensás en mí, que todavía sentís nostalgia de lo que fue, nostalgia de lo que fuimos.

Complicado, tal y como mis días últimamente. 

lunes, 28 de noviembre de 2011

Porque es mi amiga, porque la quiero

   “Amiga te voy a necesitar mucho. Estoy pasando el peor momento de mi vida. Te quiero” me dijo y se cayó el mundo. Vacío. Nervios. Incertidumbre. Algo había pasado, hacía horas que estaba rara, rara conmigo, rara con el mundo.
    Su casa permaneció vacía por días. La cortina corrida. El humo de cigarro ausente. La pava sin silbar sobre la hornalla apagada. Una casa vacía de ella.
    “Estoy pasando el peor momento de mi vida” me dijo, y quise salir corriendo a su encuentro, abrazarla y decirle que cuente conmigo, que siempre estuve, que siempre estoy, que siempre estaré. Pero no supe dónde encontrarla, nunca me lo dijo.
    Vacío. Nervios. Incertidumbre. Un círculo en el pasto del fondo de mi casa, un círculo que caminé mientras pensaba, pensaba en ella, en qué hacer, en cómo ayudarla.
    La vida no me ha enseñado cómo actuar en estas situaciones, y creo que nunca lo hará. “Soy inútil” pensé. Inútil para ella que me necesitaba, que me necesita.
     La tensión me superó. La ignorancia, también. Crucé la calle. En frente, en la casa de su hermano, había gente, y pregunté. Pregunté “¿Qué pasó?” sin saber cómo se pregunta algo así, no ante semejante preludio, “El peor momento de mi vida”.
     Tampoco sé cómo actuar cuando me entero que alguien murió. Menos alguien como la que falleció, tan ajena a mí, tan cercana a mi amiga. Yo quería abrazarla, a mi amiga, quería decirle que la quiero, que todo iba a estar bien, que íbamos a tomar un café, o a dar una vuelta y despejarnos, pero no pude. Lo dije, no sé cómo actuar cuando alguien muere. La llamé por teléfono, “No puedo hablar ahora”, me dijo. No la quise invadir.
     Hace veinte años que somos amigas. Veinte. Y no estoy ahí con ella, estoy acá, escribiéndole. Supongo que porque la respeto, porque no quiero que se sienta incómoda. “Te voy a necesitar mucho”, “No puedo hablar ahora”, esa dualidad me dijo. Por eso espero, espero su llamado, espero que me diga “vení”, y yo iré a su encuentro. Porque es mi amiga, porque la quiero.
      Y no es porque no quiera estar ahí, no es porque no me interese, no es porque no sienta su dolor. Es porque la conozco y sé que, cuando ella realmente me necesite, cuando quiera que vaya, no va a requerir más que decir “gorda”, que yo voy a estar ahí… para cuidarla.