domingo, 22 de enero de 2012

Doña Pepa

   Mi abuela era un personaje muy particular.
   Podía tratarte como una basura y también recibirte con una sonrisa y un abrazo cuando ibas a visitarla.
   Podía faltar a tus cumpleaños y sorprenderte una tarde en tu casa con un televisor, un pianito, o un juguete.
   Podía querer más a algún que otro primo y acariciarte por horas la cabeza sólo porque te gustaba.
   Podía retarte con ese dedo maldito y mostrarse orgullosa por tus notas del boletín.
   Mi abuela era una persona muy particular. Ella podía estar llena de sorprendentes dualidades que desconcertaban a los familiares. Porque podía agredirte un día y amarte otro. Porque podía decepcionarte y sorprenderte.
   Tal era el desconcierto sentimental que cuando nos enteramos de que padecía demencia senil nadie sufrió. Era difícil quererla. Era difícil quererla viva.
   Y era difícil porque todos mirábamos su lado malo. El vaso medio vacío, o totalmente vacío. Así, claro, ¡¿quién la iba a querer a la pobre?!
   Pero la cuestión es que la abuela tenía demencia senil, enfermedad progresiva comúnmente dada en personas de avanzada edad, o simplemente… viejas, y se iba a morir tarde o temprano.
   Pobre vieja ¡nadie quería cuidarla! Y es que resultaba aun más insoportable porque se olvidaba de todo, hasta de las cosas más simples y cotidianas. Vestirse, por ejemplo.
   Una tarde fuimos a verla, íbamos a contarle que tenía que ir a vivir a otro lugar, que tenía que mudarse. Y lógico que íbamos a obviar que su nuevo habitáculo iba a estar situado en un asilo u “hogar de ancianos”, como lo llamaban mis padres.
   Fuimos a verla y la encontramos semi desnuda. Más bien, mal vestida. Y con “mal vestida” no me refiero a una mala combinación de colores, o de prendas, estaba mal vestida del verbo “se puso todo al revés”. Tenía un pullover en las piernas, se le caía, claro, porque le quedaba grande de cintura, así que lo agarraba con una manito. Una campera puesta a lo “chilindrina”, retorcida en la espalda. Y un corpiño que de nada servía porque sostenía sólo una teta, la otra colgaba y se dejaba ver.
   Y así caminaba desorientada arrastrando las pantuflas.
   Podrán decir que es una imagen triste, pero no, en realidad fue gracioso. No puedo olvidarmelo, resultaba realmente divertido. La abuela pensaba que todo eso que hacía era normal. No sufría.
   Y después se enojó conmigo porque intentaba explicarle que nunca iba a poder hablar por teléfono desde el control remoto, que la cebolla no era una manzana, que los vecinos no habían revuelto sus cajones sino que había sido ella. Que yo era su nieta y no “Lili”, su hija.
   Y después se enojó con mi tía porque quería peinarla y lavarle un poco el cuerpo, higienizarla.
   Y después con mi mamá porque intentaba vestirla bien. “Me quieren desnudar, ¿Qué hacen?”  decía.
   Y después con las tres porque le explicábamos que tenía que salir de su casa para ir al médico. “No lo necesito a ese puto, yo estoy bien”, decía la vieja, que puteaba cada vez más.
   Era un aparato. Y estaba enferma. Así que la llevamos engañada al asilo y al “puto” del médico.
   Y en el asilo me convidaba los caramelos que yo le había regalado, y me preguntaba si quería un “Yogurcito”. Y al rato me echaba porque no me conocía.
   Y en el asilo también se tomo dos frascos de vaselina líquida. Y no les cuento las consecuencias porque ya se las imaginarán.
   Y ya no dio para más el asilo, así que de ahí pasó al hospital.
   Dos días antes de morir mi abuela no reconocía a nadie. Hablaba con su madre muerta, le decía que quería comer chorizo a la parrigas, y que algo que había pasado le había quedado “patente, patente” en los recuerdos, que ya casi no tenía. “Patente, patente, patente, patente, patente” repetía incesantemente.
   Dos días antes de morir fue cuando me di cuenta de todo lo bueno que tenía mi abuela. Que claro era menos que lo malo, pero tenía algo de bueno.
   Como dije, ella estaba sumida en un sueño de su infancia. No reconocía a sus hijos, mucho menos a sus nietos. Prácticamente balbuceaba.  Yo estaba cuidándola a su lado. Leía en voz alta porque eso la calmaba. Leía “Sólo un pie descalzo” de Ana María Matute, mi libro preferido que, casualmente, trata de los sueños.
   Leía cuando dijo “Daniela”. Cuando, por un segundo,  volvió a la realidad y se acordó de mí. Me escuchó leer, leerle, y me llamó. Cuando reaccioné ya era tarde, dormía nuevamente.
   Mi abuela, vieja, enferma, inconsciente, a dos días de morir, se acordó de mí por un segundo.
   Insisto, no es una historia triste. Es un relato de cómo siempre se puede encontrar algo bueno en alguien, por más imposible que parezca.
   Sus mimos, sus regalos, su sonrisa cuando iba a visitarla, su “yogurcito”, su presencia en mi cumpleaños de quince, su “Daniela” en el hospital, me hicieron quererla.
   Quizás dirán que dos días antes de que se muera es tarde, porque no pude decírselo, porque ella no pudo decírmelo. Pero no. Porque a mi no me interesaba tener una buena relación, me interesaba encontrar en ella algo querible, algo que me permita extrañarla.
   Y lo hice.
   Y hoy recuerdo todo lo bueno.
   Porque el  vaso estaba un poco lleno, y yo me quedo con eso.

jueves, 19 de enero de 2012

El nene que me dijo que me amaba de acá hasta el cielo

Hoy  te veo con tus siete años y medio. Tan inteligente, tan curioso, tan caprichoso y dulce.
Y me pasa que no quiero que crezcas. Así estás bien.
Y así estás bien porque tengo miedo de que sigas creciendo y prefieras otros juegos que los que jugamos, otros cuentos que los que invento, otros mimos que los que te hago.
Me pasa que no quiero que crezcas porque me niego a imaginar una tarde sin tu risa, sin tus caprichos, sin tu dulzura.
Me pasa que quiero hacerte “Upa” toda la vida.
Y me pasa que detesto con todo mi ser - porque así estás bien, porque no quiero que crezcas – la natural posibilidad de que llegue el día en el que me digas tajantemente, sin vueltas ni consideración, “Dani…. ya estoy grande”.

jueves, 12 de enero de 2012

Pronto

Te recuerdo de cien maneras, porque todavía no son miles.

Te recuerdo y debo decirte que te extraño.

Y no me gusta extrañarte. Porque significa que estás lejos.

Y no quiero que estés lejos. Simplemente porque te extraño.

Y te recuerdo de cien maneras, porque todavía no son miles, porque te extraño, porque estás lejos.

Es por eso que te recuerdo.




Volvé ...
Pronto.

domingo, 8 de enero de 2012

Así

  Vamos a reír juntos. Si, juntos. Vos y yo.
  Vamos a reír juntos porque reír sólo es aburrido. Reír sólo no es reír. Es largar una carcajada al aire que nadie escucha. Es contraer el diafragma y exhalar aire sin sentido, porque no se comparte.
  Vamos a reír juntos porque de a dos es más lindo. Porque da alegría. Porque hace bien.
  Vamos a reír juntos así me acuerdo de vos, riendo. Así veo como se forman esas finas líneas alrededor de tus ojos y como tu sonrisa deja ver una hilera de dientes medianos.
  Vamos a reír juntos así me contagio de tu risa, y vos de la mía y seguimos riendo.
  Vamos, acompañame. Así explotamos de alegría y suspiramos. Así, después, entrecruzamos miradas. Así recordamos juntos eso gracioso y volvemos a convulsionar de risa.
  Riamos de a dos, riamos juntos. Vos y yo.
  Dale, hagámoslo, así me siento bien y tengo ganas de volver a verte.
  Dale, riamos juntos así me acuerdo más seguido de lo sano e increíblemente lindo que es verte reír.

domingo, 1 de enero de 2012

Vos de ella y yo de él

A Fernando

   Hace un tiempo que quiero volver a enamorarme. Poco tiempo, unas semanas.
   No quedaron perdidas en el olvido las charlas con Jorge sobre mis pocas ganas de volver a amar, no, al contrario… son recientes.
   Pero aun así hace unos días que tengo ganas de volver a enamorarme.
   Y lo más lindo es que me quiero enamorar no para olvidarte, no para desinteriorizarte, no. Quiero porque puedo. Quiero porque hay alguien. Quiero porque me hace bien.
   Por eso decidí dejarte ir, eliminar todo rastro tuyo de mi vida. Desterrarte de mi interior. Echarte. Mandarte a freír churros a La Quiaca. Eso decidí.
   Y lo decidí porque ya no daba para más. Era absurdo hablarte cuando no recibía respuestas. Era absurdo que me hables cuando yo no respondía. Era una pérdida de tiempo que prolongaba el dolor. Prolongaba el insomnio. La preocupación del entorno. “El Duelo”.
   Y eso de hacer “El Duelo”, que parece un latiguillo de madres, abuelas, tías y amigas que pretenden levantar tu ánimo y alegrar tus días inundados de lágrimas y pañuelitos descartables, no es más que la justificación a la tristeza persistente. Una excusa a no querer salir, a llorar por los rincones, al dolor en el pecho, al cigarrillo.
   “Tenés que hacer ‘El Duelo’, cuando lo elabores te vas a sentir mejor, vas a ver” te dicen. Y hoy creo que hay que mandar a “El Duelo” al diablo y vivir la vida. Y por sobretodo echarte, porque con vos en mí vivir no es vivir.
   Desenamorémonos juntos. Guardemos en el recuerdo lo que éramos, lo que nunca vamos a volver a ser. Guardémoslo bien adentro de la mente, y fuera del corazón.
   Dejemos de mentir con falsos sentimientos. Dejemos de mentirnos. Ya no nos amamos. Ya somos dos extraños que se conocen por dos años circunstanciales que terminaron. Ya no nos separa una calle, nos separa un mar.

   Quiero que nos separe una eternidad.

   Vos allá y yo acá, bien lejos.

   Y te preguntarás porqué te escribo. Simple. Para que sepas. Para que te vuelvas a enamorar sin culpa. Y para que yo lo haga también. Un descargo, una confesión. El último escrito dirigido a vos.
   Sí, es el último. Ya no necesito desahogarme escribiéndote. Porque escribirte es tenerte cerca.
   Y yo, realmente, quiero que nos separe una eternidad.
   Enamorémonos juntos. Vos de ella y yo de él. Porque somos buenos chicos, porque lo merecemos. Porque nos va a hacer bien. Hagámoslo. Seamos felices. Seámoslo separados.

   Vos allá, y yo acá, bien lejos.