Tranquilo, que yo añoro tus besos
como las nubes a la tierra,
es por eso que yo caigo,
como lluvia repentina
para que te empapes de mí,
como la tierra con el agua.
Tranquilo, no te apures,
que quizás la sequía asusta,
pero es el tiempo quien decide
cuándo descargar condensadas
las etéreas ilusiones
que se esconden en el alma.
Tranquilo, que yo soy agua
y vos sos tierra
que vos sos tierra
y yo soy agua.-
Palabras exageradas
miércoles, 1 de agosto de 2012
miércoles, 30 de mayo de 2012
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Entró,
nerviosa, y se sentó en el banco de siempre. Se sentía incómoda, no estaba
acostumbrada a ese malestar que la ansiedad le producía: tenía un enjambre de
abejas adentro del cuerpo que viajaba del pecho al estómago y viceversa.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
Evadir esa
pregunta ya le resultaba hipócrita. Porque ella sabía bien que él era el
causante de su desproporcionado nerviosismo. Porque le había resultado
inevitable ilusionarse con un romance complejo, pero posible. Porque ella tenía
la costumbre de mirarse al espejo para cerciorarse de que lucía bien antes de
ir al encuentro, pensando que, quizás, él encontraría algo de belleza en ella.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Lo vio
entrar con tranquilidad, saludar en general, dejar sus cosas en una silla – en
la de siempre – y echarle un vistazo a los allí presentes. Ella lo observó unos
segundos hasta que él la ubicó con la vista, le sonrió de un modo casi
cómplice, y levantó no demasiado la mano para agitarla en señal de saludo.
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
domingo, 13 de mayo de 2012
Martes
Se despertó y se acordó que era domingo. Ya estaba preparada para pasar una tarde de esas, una triste y sin acontecimientos más interesantes que hacer trabajos para la facultad. La resignación estaba por invadirla, era natural que los domingos fueran así, solitarios, aburridos.
Pero notó algo diferente. Quizás fue el olor a café y a tostadas que inundaba la casa. O el calor de sus sábanas revueltas. O el bienestar de despertarse a cualquier hora. No supo bien qué, pero sintió que ese domingo tenía otro sabor. Uno que bien lejos estaba del amargo.
Curiosa, pensó por qué la particularidad del día había cambiado repentinamente. Analista, averiguó lo que pasaba y lo que sentía. Y le quedó claro que los domingos no dejan de ser un día más, que lo que cambia es el estado de ánimo. Le quedó claro, también, que el sentido de sus domingos había cambiado.
Ya no eran para amargarse.
Eran para pensar en lo cerca que estaban los martes.
Y no por ser símbolos de la monotonía, sino porque para ella, los martes, tenían otro color y otro nombre.
Y eso...la puso contenta.
Pero notó algo diferente. Quizás fue el olor a café y a tostadas que inundaba la casa. O el calor de sus sábanas revueltas. O el bienestar de despertarse a cualquier hora. No supo bien qué, pero sintió que ese domingo tenía otro sabor. Uno que bien lejos estaba del amargo.
Curiosa, pensó por qué la particularidad del día había cambiado repentinamente. Analista, averiguó lo que pasaba y lo que sentía. Y le quedó claro que los domingos no dejan de ser un día más, que lo que cambia es el estado de ánimo. Le quedó claro, también, que el sentido de sus domingos había cambiado.
Ya no eran para amargarse.
Eran para pensar en lo cerca que estaban los martes.
Y no por ser símbolos de la monotonía, sino porque para ella, los martes, tenían otro color y otro nombre.
Y eso...la puso contenta.
martes, 8 de mayo de 2012
Agua con gas, por favor
"Lo lindo radica en lo simple" pensó, y lo escribió en un libro, en esa hoja en blanco que antecede al Facundo.
Lo lindo como respirar. Lo involuntariamente fácil de llenar los pulmones de aire y exhalar liviandad.
Ella quería que su vida sea así, continua, satisfactoria, y llena, muy llena de aire.
Pero claro que sabía que decir no era hacer. Sabía que hacía falta mucha soda para alivianar lo complejo que todo le resultaba. Y le faltaba soda, justamente, por el gas etéreo y por el picor de las burbujas.
Descubrió, entonces, que su vida no era simple, y que tampoco era del todo linda. Pero, sin querer, pasó que conoció a ese muchacho. El simple, el tranquilo, el lindo. Y pensó que, quizás, él era el torrente, la medida justa de soda que necesitaba para estar mejor.
Lo lindo como respirar. Lo involuntariamente fácil de llenar los pulmones de aire y exhalar liviandad.
Ella quería que su vida sea así, continua, satisfactoria, y llena, muy llena de aire.
Pero claro que sabía que decir no era hacer. Sabía que hacía falta mucha soda para alivianar lo complejo que todo le resultaba. Y le faltaba soda, justamente, por el gas etéreo y por el picor de las burbujas.
Descubrió, entonces, que su vida no era simple, y que tampoco era del todo linda. Pero, sin querer, pasó que conoció a ese muchacho. El simple, el tranquilo, el lindo. Y pensó que, quizás, él era el torrente, la medida justa de soda que necesitaba para estar mejor.
lunes, 7 de mayo de 2012
Porque la quería
Iván cerró los ojos y tragó saliva. Respiró hondo, y exhaló lentamente intentando relajarse, y entregó una bolsa de residuos enorme, que estaba llena en su totalidad y parecía ser difícil de levantar por lo pesada.
No todos los días uno puede despojarse de lo que le resulta significativo para ayudar a alguien más. No es tan fácil, ni aunque eso cargado de sentimentalismo sea algo material, o una cosa, mejor dicho. Y para Iván no era fácil tampoco.
Hacía dos años que su mujer, Martina, había fallecido. Cáncer de páncreas, la causa. Ella era una chica joven, de treinta y tres años, casada y sin hijos. Iván, de treinta y dos por ese entonces, la quería con todos los sentidos. Tenían un porvenir que pintaba bien, hasta que Martina enfermó y murió en cuestión de semanas. Se le escapó la vida como arena dentro de un puño.
Cuando la mujer de Iván falleció, él pensó que no iba a poder solo. La angustia lo agotaba, le hacía doler el pecho y le quitaba el apetito. Para colmo todo en su casa le recordaba a ella. Porque ella todavía estaba presente. Porque sólo transcurrió un mes desde que se enteró que tenía cáncer, hasta que se le acabó la vida.
Y todo le recordaba a ella por las cosas. Por su ropa, sus zapatos, sus libros, sus adornos estrafalarios que llenaban la casita que tenían en el conurbano platense. Ella se fue y dejó todos sus restos por ahí, por las piezas, por los cajones, por los pasillos, y en el altillo también.
Por eso para Iván no fue fácil deshacerse de esas cosas, de las de ella, porque él la adoraba. Porque él quería oler su perfume y sentir su esencia todos los días. Pero hacía dos años que Martina había fallecido, y ya era tiempo de que se vaya, también, de los rincones de la que supo ser su casa.
En el barrio San Carlos hay un hogar de niños, un comedor infantil y una biblioteca popular juntos, como un complejo vecinal. Iván llenó tres bolsas de residuos con la ropa que era de su mujer; apiló sus libros en cajas; metió los adornos en una bolsa de papas y llevó todo allí. Le costó entregar esa parte de su vida. Le costó mucho.
Pero supo que las cosas son simplemente eso, cosas. Que Martina estaba en otros rincones, en los de sus recuerdos. Por eso regaló todo a los que más lo necesitaban, dejó el egoísmo de lado. Dio cada uno de los objetos de su mujer menos uno: ese ridículo sombrero violeta en forma de campana -que tan lindo le quedaba- y que le recordaba al día en que la conoció, cuando ella vendía pasta frola, los domingos, en plaza San Martín.
domingo, 6 de mayo de 2012
Diálogo de una tarde otoñal
- ¿En qué pensás?
- En nada…
- Dale, en algo pensás… Decíme, ¿en qué pensás?
- En que te quiero
Y claro que él no pudo hacer
menos que sonreír ante su respuesta.
Estaban en una calle
de La Plata que no tiene tranquilidad, en un departamento sin limpiar, en una habitación
sin ordenar, acostados en una cama sin tender. Ella estaba sobre él y lo miraba.
Miraba cómo él le retorcía un rulo desteñido que se había escapado de su rodete
mal hecho. Lo miraba y pensaba en eso, en que lo quería.
- Yo más… Eso no se discute.
Él parecía decir por
costumbre que la quería más. Ella sabía eso, sabía que era imposible que él la
quiera la mitad de lo que ella lo quería a él. Era un hecho, pero igual decidió
sonreír y largar una risita, un resoplido que indicaba satisfacción.
- ¿Por qué decís que me querés más?
- ¿Siempre vas a preguntar por qué? No hay un
porqué para todo.
- Si que lo hay, decime…
- No sé… te quiero más porque trato de no joderte.
Sabés la clase de tipo que soy.
- Y bueno, justamente. Yo te quiero más porque sé
la clase de tipo que sos, un Cacho Castaña cualquiera, y, sin embargo, acá
estoy.
Se besaron. Fuerte. Él
le apretaba el cuello y tironeaba de su pelo con una mano, y le tocaba una teta
con la otra, era su costumbre. Ella lo siguió con entusiasmo, pero se alejó bruscamente,
lo miró y le dijo:
- No importa cuánto me quieras vos. Importa cuánto
yo creo que vos me querés.
Y siguió besándolo.
domingo, 29 de abril de 2012
Llueve sobre mojado
Él le dijo que la quería.
Ella no respondió. Eran demasiadas las cosas que tenía en cuenta para exteriorizar lo que le pasaba. Las habladurías de su cabeza.
Él le dijo que la quería. Otra vez.
Ella, estúpidamente novata, bajó la vista y se hundió en el asfalto mojado, socavando el cemento, la tierra profunda.
Pareció una negativa.
Ella lo vio irse corriendo bajo la lluvia.
Y calló.
Todavía lo hace.
Pero lo quiere. Lo quiere en secreto.
Ella no respondió. Eran demasiadas las cosas que tenía en cuenta para exteriorizar lo que le pasaba. Las habladurías de su cabeza.
Él le dijo que la quería. Otra vez.
Ella, estúpidamente novata, bajó la vista y se hundió en el asfalto mojado, socavando el cemento, la tierra profunda.
Pareció una negativa.
Ella lo vio irse corriendo bajo la lluvia.
Y calló.
Todavía lo hace.
Pero lo quiere. Lo quiere en secreto.
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