Entró,
nerviosa, y se sentó en el banco de siempre. Se sentía incómoda, no estaba
acostumbrada a ese malestar que la ansiedad le producía: tenía un enjambre de
abejas adentro del cuerpo que viajaba del pecho al estómago y viceversa.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
Evadir esa
pregunta ya le resultaba hipócrita. Porque ella sabía bien que él era el
causante de su desproporcionado nerviosismo. Porque le había resultado
inevitable ilusionarse con un romance complejo, pero posible. Porque ella tenía
la costumbre de mirarse al espejo para cerciorarse de que lucía bien antes de
ir al encuentro, pensando que, quizás, él encontraría algo de belleza en ella.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Lo vio
entrar con tranquilidad, saludar en general, dejar sus cosas en una silla – en
la de siempre – y echarle un vistazo a los allí presentes. Ella lo observó unos
segundos hasta que él la ubicó con la vista, le sonrió de un modo casi
cómplice, y levantó no demasiado la mano para agitarla en señal de saludo.
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
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