Tranquilo, que yo añoro tus besos
como las nubes a la tierra,
es por eso que yo caigo,
como lluvia repentina
para que te empapes de mí,
como la tierra con el agua.
Tranquilo, no te apures,
que quizás la sequía asusta,
pero es el tiempo quien decide
cuándo descargar condensadas
las etéreas ilusiones
que se esconden en el alma.
Tranquilo, que yo soy agua
y vos sos tierra
que vos sos tierra
y yo soy agua.-
miércoles, 1 de agosto de 2012
miércoles, 30 de mayo de 2012
2216192575
Entró,
nerviosa, y se sentó en el banco de siempre. Se sentía incómoda, no estaba
acostumbrada a ese malestar que la ansiedad le producía: tenía un enjambre de
abejas adentro del cuerpo que viajaba del pecho al estómago y viceversa.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
No encontraba la posición correcta, cruzaba la pierna derecha sobre la izquierda, se cansaba; apoyaba los talones la silla de adelante, le disgustaba; volvía a cruzarse de piernas, el pantalón le apretaba. Así decenas de veces.
Pensó primero en la escasa cantidad de público, que generalmente rozaba los quince asistentes, y lo comentó con un joven que estaba sentado a su izquierda. Después, ojeó un cuento de Borges, al que no le prestó demasiada atención porque la inquietud la desconcentraba. Se preguntó, finalmente, lo que siempre había tenido en mente: si él se presentaría.
Evadir esa
pregunta ya le resultaba hipócrita. Porque ella sabía bien que él era el
causante de su desproporcionado nerviosismo. Porque le había resultado
inevitable ilusionarse con un romance complejo, pero posible. Porque ella tenía
la costumbre de mirarse al espejo para cerciorarse de que lucía bien antes de
ir al encuentro, pensando que, quizás, él encontraría algo de belleza en ella.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Aún así, volvió a las hojas del cuento sólo para disimular su ensueño, y leyó la misma oración diez veces. Cuando estaba leyendo por onceava vez el mismo fragmento, escuchó el crujido característico de la puerta al abrirse, como un eco del ruido a madera quebrada, y levantó la vista. Era él.
Lo vio
entrar con tranquilidad, saludar en general, dejar sus cosas en una silla – en
la de siempre – y echarle un vistazo a los allí presentes. Ella lo observó unos
segundos hasta que él la ubicó con la vista, le sonrió de un modo casi
cómplice, y levantó no demasiado la mano para agitarla en señal de saludo.
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
Una sensación de satisfacción la invadió. Era evidente que él había tenido una simple y tonta preferencia al saludarla así, y sólo eso era suficiente para alegrar el resto de su día.-
domingo, 13 de mayo de 2012
Martes
Se despertó y se acordó que era domingo. Ya estaba preparada para pasar una tarde de esas, una triste y sin acontecimientos más interesantes que hacer trabajos para la facultad. La resignación estaba por invadirla, era natural que los domingos fueran así, solitarios, aburridos.
Pero notó algo diferente. Quizás fue el olor a café y a tostadas que inundaba la casa. O el calor de sus sábanas revueltas. O el bienestar de despertarse a cualquier hora. No supo bien qué, pero sintió que ese domingo tenía otro sabor. Uno que bien lejos estaba del amargo.
Curiosa, pensó por qué la particularidad del día había cambiado repentinamente. Analista, averiguó lo que pasaba y lo que sentía. Y le quedó claro que los domingos no dejan de ser un día más, que lo que cambia es el estado de ánimo. Le quedó claro, también, que el sentido de sus domingos había cambiado.
Ya no eran para amargarse.
Eran para pensar en lo cerca que estaban los martes.
Y no por ser símbolos de la monotonía, sino porque para ella, los martes, tenían otro color y otro nombre.
Y eso...la puso contenta.
Pero notó algo diferente. Quizás fue el olor a café y a tostadas que inundaba la casa. O el calor de sus sábanas revueltas. O el bienestar de despertarse a cualquier hora. No supo bien qué, pero sintió que ese domingo tenía otro sabor. Uno que bien lejos estaba del amargo.
Curiosa, pensó por qué la particularidad del día había cambiado repentinamente. Analista, averiguó lo que pasaba y lo que sentía. Y le quedó claro que los domingos no dejan de ser un día más, que lo que cambia es el estado de ánimo. Le quedó claro, también, que el sentido de sus domingos había cambiado.
Ya no eran para amargarse.
Eran para pensar en lo cerca que estaban los martes.
Y no por ser símbolos de la monotonía, sino porque para ella, los martes, tenían otro color y otro nombre.
Y eso...la puso contenta.
martes, 8 de mayo de 2012
Agua con gas, por favor
"Lo lindo radica en lo simple" pensó, y lo escribió en un libro, en esa hoja en blanco que antecede al Facundo.
Lo lindo como respirar. Lo involuntariamente fácil de llenar los pulmones de aire y exhalar liviandad.
Ella quería que su vida sea así, continua, satisfactoria, y llena, muy llena de aire.
Pero claro que sabía que decir no era hacer. Sabía que hacía falta mucha soda para alivianar lo complejo que todo le resultaba. Y le faltaba soda, justamente, por el gas etéreo y por el picor de las burbujas.
Descubrió, entonces, que su vida no era simple, y que tampoco era del todo linda. Pero, sin querer, pasó que conoció a ese muchacho. El simple, el tranquilo, el lindo. Y pensó que, quizás, él era el torrente, la medida justa de soda que necesitaba para estar mejor.
Lo lindo como respirar. Lo involuntariamente fácil de llenar los pulmones de aire y exhalar liviandad.
Ella quería que su vida sea así, continua, satisfactoria, y llena, muy llena de aire.
Pero claro que sabía que decir no era hacer. Sabía que hacía falta mucha soda para alivianar lo complejo que todo le resultaba. Y le faltaba soda, justamente, por el gas etéreo y por el picor de las burbujas.
Descubrió, entonces, que su vida no era simple, y que tampoco era del todo linda. Pero, sin querer, pasó que conoció a ese muchacho. El simple, el tranquilo, el lindo. Y pensó que, quizás, él era el torrente, la medida justa de soda que necesitaba para estar mejor.
lunes, 7 de mayo de 2012
Porque la quería
Iván cerró los ojos y tragó saliva. Respiró hondo, y exhaló lentamente intentando relajarse, y entregó una bolsa de residuos enorme, que estaba llena en su totalidad y parecía ser difícil de levantar por lo pesada.
No todos los días uno puede despojarse de lo que le resulta significativo para ayudar a alguien más. No es tan fácil, ni aunque eso cargado de sentimentalismo sea algo material, o una cosa, mejor dicho. Y para Iván no era fácil tampoco.
Hacía dos años que su mujer, Martina, había fallecido. Cáncer de páncreas, la causa. Ella era una chica joven, de treinta y tres años, casada y sin hijos. Iván, de treinta y dos por ese entonces, la quería con todos los sentidos. Tenían un porvenir que pintaba bien, hasta que Martina enfermó y murió en cuestión de semanas. Se le escapó la vida como arena dentro de un puño.
Cuando la mujer de Iván falleció, él pensó que no iba a poder solo. La angustia lo agotaba, le hacía doler el pecho y le quitaba el apetito. Para colmo todo en su casa le recordaba a ella. Porque ella todavía estaba presente. Porque sólo transcurrió un mes desde que se enteró que tenía cáncer, hasta que se le acabó la vida.
Y todo le recordaba a ella por las cosas. Por su ropa, sus zapatos, sus libros, sus adornos estrafalarios que llenaban la casita que tenían en el conurbano platense. Ella se fue y dejó todos sus restos por ahí, por las piezas, por los cajones, por los pasillos, y en el altillo también.
Por eso para Iván no fue fácil deshacerse de esas cosas, de las de ella, porque él la adoraba. Porque él quería oler su perfume y sentir su esencia todos los días. Pero hacía dos años que Martina había fallecido, y ya era tiempo de que se vaya, también, de los rincones de la que supo ser su casa.
En el barrio San Carlos hay un hogar de niños, un comedor infantil y una biblioteca popular juntos, como un complejo vecinal. Iván llenó tres bolsas de residuos con la ropa que era de su mujer; apiló sus libros en cajas; metió los adornos en una bolsa de papas y llevó todo allí. Le costó entregar esa parte de su vida. Le costó mucho.
Pero supo que las cosas son simplemente eso, cosas. Que Martina estaba en otros rincones, en los de sus recuerdos. Por eso regaló todo a los que más lo necesitaban, dejó el egoísmo de lado. Dio cada uno de los objetos de su mujer menos uno: ese ridículo sombrero violeta en forma de campana -que tan lindo le quedaba- y que le recordaba al día en que la conoció, cuando ella vendía pasta frola, los domingos, en plaza San Martín.
domingo, 6 de mayo de 2012
Diálogo de una tarde otoñal
- ¿En qué pensás?
- En nada…
- Dale, en algo pensás… Decíme, ¿en qué pensás?
- En que te quiero
Y claro que él no pudo hacer
menos que sonreír ante su respuesta.
Estaban en una calle
de La Plata que no tiene tranquilidad, en un departamento sin limpiar, en una habitación
sin ordenar, acostados en una cama sin tender. Ella estaba sobre él y lo miraba.
Miraba cómo él le retorcía un rulo desteñido que se había escapado de su rodete
mal hecho. Lo miraba y pensaba en eso, en que lo quería.
- Yo más… Eso no se discute.
Él parecía decir por
costumbre que la quería más. Ella sabía eso, sabía que era imposible que él la
quiera la mitad de lo que ella lo quería a él. Era un hecho, pero igual decidió
sonreír y largar una risita, un resoplido que indicaba satisfacción.
- ¿Por qué decís que me querés más?
- ¿Siempre vas a preguntar por qué? No hay un
porqué para todo.
- Si que lo hay, decime…
- No sé… te quiero más porque trato de no joderte.
Sabés la clase de tipo que soy.
- Y bueno, justamente. Yo te quiero más porque sé
la clase de tipo que sos, un Cacho Castaña cualquiera, y, sin embargo, acá
estoy.
Se besaron. Fuerte. Él
le apretaba el cuello y tironeaba de su pelo con una mano, y le tocaba una teta
con la otra, era su costumbre. Ella lo siguió con entusiasmo, pero se alejó bruscamente,
lo miró y le dijo:
- No importa cuánto me quieras vos. Importa cuánto
yo creo que vos me querés.
Y siguió besándolo.
domingo, 29 de abril de 2012
Llueve sobre mojado
Él le dijo que la quería.
Ella no respondió. Eran demasiadas las cosas que tenía en cuenta para exteriorizar lo que le pasaba. Las habladurías de su cabeza.
Él le dijo que la quería. Otra vez.
Ella, estúpidamente novata, bajó la vista y se hundió en el asfalto mojado, socavando el cemento, la tierra profunda.
Pareció una negativa.
Ella lo vio irse corriendo bajo la lluvia.
Y calló.
Todavía lo hace.
Pero lo quiere. Lo quiere en secreto.
Ella no respondió. Eran demasiadas las cosas que tenía en cuenta para exteriorizar lo que le pasaba. Las habladurías de su cabeza.
Él le dijo que la quería. Otra vez.
Ella, estúpidamente novata, bajó la vista y se hundió en el asfalto mojado, socavando el cemento, la tierra profunda.
Pareció una negativa.
Ella lo vio irse corriendo bajo la lluvia.
Y calló.
Todavía lo hace.
Pero lo quiere. Lo quiere en secreto.
domingo, 1 de abril de 2012
Gata flora (cuando se la ponen grita, cuando se la sacan llora)
Hasta en los mensajes del celular está más lejos que cerca. Porque puede llenarme de palabras lindas cuando está conmigo, pero eso no significa que esté por acá, próximo.
Porque ni él quiere estarlo. O sí. No sabe. Y tampoco contesta.
Porque ni él quiere estarlo. O sí. No sabe. Y tampoco contesta.
Y la cuestión es que hasta en los mensajes del celular está más lejos que cerca. Por como escribe. Por como se expresa.
Cómo para querer escribirle!
Si al final las cosas están igual que siempre. Salvo por el hecho de que se olvidó de la ceguera que necesito y habló de más. Pero no importa, porque las cosas, las nuestras, están igual que siempre.
Creí que quizás iban a ser distintas.
Para bien, o para mal.
Pero están igual que siempre.
martes, 20 de marzo de 2012
"Alcahueta"
Tarde o temprano iba a pasar. Era necesario. Imperioso.
Así como quién no quiere la cosa, de la nada y en cinco minutos una ficha de un peso irracional atravesó mi cráneo y se instaló en el medio de mi cerebro.
Y si te digo que era necesario es porque tenía que darme cuenta. Esta no soy yo, esta es otra. Una copia de otra, más bien.
Y ser auténtica era una de las cosas que más me identificaba. Además de la transparencia y la confianza.
Y hoy parece que me identifica lo contrario, aunque estoy segura de que esta no soy yo.
Y sí, me cayó la ficha. Y ésta es como el chicle en el pelo o la mancha de Fernet en la ropa blanca, no sale más. Llegó para quedarse.
Y se me notó en la cara cuando la sentí entrar. Se me nota ahora, cuando escribo.
Quizás es por cómo me lo dijeron. Tan simple y llanamente, tan “corta la bocha”.
Porque me dieron un poco de amor y después me escupieron la realidad.
Por eso, también, llené mi mochila de vergüenza y enojo conmigo misma y partí cabizbaja después de esa terrible patada en el culo.
Pero me cayó la ficha. Una bien grande y filosa, cosa que entre y que no salga.
Me cayó y no quiero que la saquen. Si está ahí es por algo. Porque la necesito, porque la esperaba, porque la quiero.
Y así como la ficha ésta me mostró mis errores, también me mostró mis logros.
Todo lo malo está acá, flotando vigente. Pero también está el reconocimiento de mis errores y las ganas de mejorar, que definitivamente es algo bueno.
Todo lo malo está acá, flotando vigente. Pero también está el reconocimiento de mis errores y las ganas de mejorar, que definitivamente es algo bueno.
Porque la ficha no es tan puta.
Porque me sirve para ser mejor.
domingo, 11 de marzo de 2012
Y simplemente pasa que...
Tengo ganas de que vuelvas a quererme como lo hacías. Sí, así como cuando viajabas de allá hasta acá sólo para verme. O así como cuando me llamabas por las noches y me dedicabas canciones cursis que me hacían sentir un poco de vergüenza y ternura.
Tengo ganas de que vuelvas a quererme como lo hacías. Porque se sentía bien, porque todo era más fácil. Porque ahorrábamos un montón de confusiones, porque sentirlo estaba bien.
Pero tener ganas no hace que me quieras, así, como lo hacías. No. Y es que quizás me querés de otro modo, o con otros fines, pero no como antes. Y yo quiero que me quieras así, así como lo hacías.
Tengo ganas de que vuelvas a quererme como lo hacías. Porque se sentía bien, porque todo era más fácil. Porque ahorrábamos un montón de confusiones, porque sentirlo estaba bien.
Pero tener ganas no hace que me quieras, así, como lo hacías. No. Y es que quizás me querés de otro modo, o con otros fines, pero no como antes. Y yo quiero que me quieras así, así como lo hacías.
Hoy me extrañás. Hoy volviste.
Pero no me querés así, como lo hacías.
O sí?
viernes, 24 de febrero de 2012
Decime Dani
Porque a veces prefiero la ceguera.
Como cuando alguien tiene una herida que, incesantemente, sangra.
Como cuando "El lobo" patea al arco, porque preveo el resultado.
Como cuando miro una película de terror, de esas que me quitan el sueño.
Sí, a veces prefiero la ceguera.
Y la prefiero en lo a que a él respecta también.
Porque no necesito ver, enterarme, o confirmar aquello que puede sucederle con alguien más.
No.
Porque me hace mal, porque me da tristeza.
Prefiero la ceguera. Una que me impida saberlo con otra. Una que evite la molestia, el rencor.
Y es que será que quiero quedarme con lo bueno, Porque él también fue de lo más lindo que me pasó, porque supo hacerme feliz. Porque me demostró que todavía puedo sentir lo lindo que es saberse querido.
Porque lo quise, porque lo quiero.
Y esas vendas que la gente prefiere desatar existen porque así lo deseo. Porque las necesito.
No quiero enterarme.
No preciso saberlo con otra.
Mi ceguera está bien. Me sirve de escudo, de protección.
Respetenlá porque la quiero.
Quieranlá así como yo.
Porque eso que alguna vez fuimos, ya no es.
Porque él puede ser otro, ser más.
Y porque yo también puedo.
Por eso, a veces prefiero la ceguera.
Probablemente no sea eterna, probablemente algún día no lo ignore. Pero hoy, saberlo con otra me demuestra que el proceso de ese fin no está resuelto. Me demuestra que todavía me importa, que todavía lo pienso, que todavía lo extraño.
Y cuando esto ya no me pase, él me contará.
Porque es una ceguera que se comparte. Porque él también la prefiere.
Porque es esa la idea.
Es esa, y no otra.
Como cuando alguien tiene una herida que, incesantemente, sangra.
Como cuando "El lobo" patea al arco, porque preveo el resultado.
Como cuando miro una película de terror, de esas que me quitan el sueño.
Sí, a veces prefiero la ceguera.
Y la prefiero en lo a que a él respecta también.
Porque no necesito ver, enterarme, o confirmar aquello que puede sucederle con alguien más.
No.
Porque me hace mal, porque me da tristeza.
Prefiero la ceguera. Una que me impida saberlo con otra. Una que evite la molestia, el rencor.
Y es que será que quiero quedarme con lo bueno, Porque él también fue de lo más lindo que me pasó, porque supo hacerme feliz. Porque me demostró que todavía puedo sentir lo lindo que es saberse querido.
Porque lo quise, porque lo quiero.
Y esas vendas que la gente prefiere desatar existen porque así lo deseo. Porque las necesito.
No quiero enterarme.
No preciso saberlo con otra.
Mi ceguera está bien. Me sirve de escudo, de protección.
Respetenlá porque la quiero.
Quieranlá así como yo.
Porque eso que alguna vez fuimos, ya no es.
Porque él puede ser otro, ser más.
Y porque yo también puedo.
Por eso, a veces prefiero la ceguera.
Probablemente no sea eterna, probablemente algún día no lo ignore. Pero hoy, saberlo con otra me demuestra que el proceso de ese fin no está resuelto. Me demuestra que todavía me importa, que todavía lo pienso, que todavía lo extraño.
Y cuando esto ya no me pase, él me contará.
Porque es una ceguera que se comparte. Porque él también la prefiere.
Porque es esa la idea.
Es esa, y no otra.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Falsas esperanzas
Quizás debería llorarte un mar de lágrimas, uno de esos que ahoguen, que inunden de salitre los poros.
Y es que no puedo no sentirme así. Triste. Vacía. Desilusionada.
Por eso quizás debería llorarte un mar de lágrimas. Para limpiarme. Para lavarme de vos.
Y es que estoy cansada de soñarte. De mirarte a lo lejos. De sentirte ausente.
No vas a volver.
O sí, cuando comience a volar.
Pero ahora, que tengo las alas cortas, que piso la tierra y te pienso, no. Y eso me entristece.
Y es que te creo, y es que me convencés. Y es que lográs que todo esto que escribo desaparezca de inmediato con sólo sonreír. Es por eso que no te hablo, o intento no hacerlo.
No te hablo para no olvidarme de que debería llorarte un mar de lágrimas, de esas que arrastren todo lo que depositaste en mi en pequeñas, pero fuertes, dosis.
No te hablo aunque te sueñe, aunque te piense, aunque necesite imperiosamente renovar la esperanza de que un día, me digas que me querés con vos, que nos querés juntos.
No te hablo porque sé que no vas a volver.
¿Por qué no me hablás vos?
Quizás debería llorarte un mar de lágrimas.
Uno de esos que ahoguen.
Pero no puedo…
aún.
aún.
domingo, 22 de enero de 2012
Doña Pepa
Mi abuela era un personaje muy particular.
Podía tratarte como una basura y también recibirte con una sonrisa y un abrazo cuando ibas a visitarla.
Podía faltar a tus cumpleaños y sorprenderte una tarde en tu casa con un televisor, un pianito, o un juguete.
Podía querer más a algún que otro primo y acariciarte por horas la cabeza sólo porque te gustaba.
Podía retarte con ese dedo maldito y mostrarse orgullosa por tus notas del boletín.
Mi abuela era una persona muy particular. Ella podía estar llena de sorprendentes dualidades que desconcertaban a los familiares. Porque podía agredirte un día y amarte otro. Porque podía decepcionarte y sorprenderte.
Tal era el desconcierto sentimental que cuando nos enteramos de que padecía demencia senil nadie sufrió. Era difícil quererla. Era difícil quererla viva.
Y era difícil porque todos mirábamos su lado malo. El vaso medio vacío, o totalmente vacío. Así, claro, ¡¿quién la iba a querer a la pobre?!
Pero la cuestión es que la abuela tenía demencia senil, enfermedad progresiva comúnmente dada en personas de avanzada edad, o simplemente… viejas, y se iba a morir tarde o temprano.
Pobre vieja ¡nadie quería cuidarla! Y es que resultaba aun más insoportable porque se olvidaba de todo, hasta de las cosas más simples y cotidianas. Vestirse, por ejemplo.
Una tarde fuimos a verla, íbamos a contarle que tenía que ir a vivir a otro lugar, que tenía que mudarse. Y lógico que íbamos a obviar que su nuevo habitáculo iba a estar situado en un asilo u “hogar de ancianos”, como lo llamaban mis padres.
Fuimos a verla y la encontramos semi desnuda. Más bien, mal vestida. Y con “mal vestida” no me refiero a una mala combinación de colores, o de prendas, estaba mal vestida del verbo “se puso todo al revés”. Tenía un pullover en las piernas, se le caía, claro, porque le quedaba grande de cintura, así que lo agarraba con una manito. Una campera puesta a lo “chilindrina”, retorcida en la espalda. Y un corpiño que de nada servía porque sostenía sólo una teta, la otra colgaba y se dejaba ver.
Y así caminaba desorientada arrastrando las pantuflas.
Podrán decir que es una imagen triste, pero no, en realidad fue gracioso. No puedo olvidarmelo, resultaba realmente divertido. La abuela pensaba que todo eso que hacía era normal. No sufría.
Y después se enojó conmigo porque intentaba explicarle que nunca iba a poder hablar por teléfono desde el control remoto, que la cebolla no era una manzana, que los vecinos no habían revuelto sus cajones sino que había sido ella. Que yo era su nieta y no “Lili”, su hija.
Y después se enojó con mi tía porque quería peinarla y lavarle un poco el cuerpo, higienizarla.
Y después con mi mamá porque intentaba vestirla bien. “Me quieren desnudar, ¿Qué hacen?” decía.
Y después con las tres porque le explicábamos que tenía que salir de su casa para ir al médico. “No lo necesito a ese puto, yo estoy bien”, decía la vieja, que puteaba cada vez más.
Era un aparato. Y estaba enferma. Así que la llevamos engañada al asilo y al “puto” del médico.
Y en el asilo me convidaba los caramelos que yo le había regalado, y me preguntaba si quería un “Yogurcito”. Y al rato me echaba porque no me conocía.
Y en el asilo también se tomo dos frascos de vaselina líquida. Y no les cuento las consecuencias porque ya se las imaginarán.
Y ya no dio para más el asilo, así que de ahí pasó al hospital.
Dos días antes de morir mi abuela no reconocía a nadie. Hablaba con su madre muerta, le decía que quería comer chorizo a la parrigas, y que algo que había pasado le había quedado “patente, patente” en los recuerdos, que ya casi no tenía. “Patente, patente, patente, patente, patente” repetía incesantemente.
Dos días antes de morir fue cuando me di cuenta de todo lo bueno que tenía mi abuela. Que claro era menos que lo malo, pero tenía algo de bueno.
Como dije, ella estaba sumida en un sueño de su infancia. No reconocía a sus hijos, mucho menos a sus nietos. Prácticamente balbuceaba. Yo estaba cuidándola a su lado. Leía en voz alta porque eso la calmaba. Leía “Sólo un pie descalzo” de Ana María Matute, mi libro preferido que, casualmente, trata de los sueños.
Leía cuando dijo “Daniela”. Cuando, por un segundo, volvió a la realidad y se acordó de mí. Me escuchó leer, leerle, y me llamó. Cuando reaccioné ya era tarde, dormía nuevamente.
Mi abuela, vieja, enferma, inconsciente, a dos días de morir, se acordó de mí por un segundo.
Insisto, no es una historia triste. Es un relato de cómo siempre se puede encontrar algo bueno en alguien, por más imposible que parezca.
Sus mimos, sus regalos, su sonrisa cuando iba a visitarla, su “yogurcito”, su presencia en mi cumpleaños de quince, su “Daniela” en el hospital, me hicieron quererla.
Quizás dirán que dos días antes de que se muera es tarde, porque no pude decírselo, porque ella no pudo decírmelo. Pero no. Porque a mi no me interesaba tener una buena relación, me interesaba encontrar en ella algo querible, algo que me permita extrañarla.
Y lo hice.
Y hoy recuerdo todo lo bueno.
Porque el vaso estaba un poco lleno, y yo me quedo con eso.
jueves, 19 de enero de 2012
El nene que me dijo que me amaba de acá hasta el cielo
Hoy te veo con tus siete años y medio. Tan inteligente, tan curioso, tan caprichoso y dulce.
Y me pasa que no quiero que crezcas. Así estás bien.
Y así estás bien porque tengo miedo de que sigas creciendo y prefieras otros juegos que los que jugamos, otros cuentos que los que invento, otros mimos que los que te hago.
Me pasa que no quiero que crezcas porque me niego a imaginar una tarde sin tu risa, sin tus caprichos, sin tu dulzura.
Me pasa que quiero hacerte “Upa” toda la vida.
Y me pasa que detesto con todo mi ser - porque así estás bien, porque no quiero que crezcas – la natural posibilidad de que llegue el día en el que me digas tajantemente, sin vueltas ni consideración, “Dani…. ya estoy grande”.
jueves, 12 de enero de 2012
Pronto
Te recuerdo de cien maneras, porque todavía no son miles.
Te recuerdo y debo decirte que te extraño.
Y no me gusta extrañarte. Porque significa que estás lejos.
Y no quiero que estés lejos. Simplemente porque te extraño.
Y te recuerdo de cien maneras, porque todavía no son miles, porque te extraño, porque estás lejos.
Es por eso que te recuerdo.
Volvé ...
Pronto.
Te recuerdo y debo decirte que te extraño.
Y no me gusta extrañarte. Porque significa que estás lejos.
Y no quiero que estés lejos. Simplemente porque te extraño.
Y te recuerdo de cien maneras, porque todavía no son miles, porque te extraño, porque estás lejos.
Es por eso que te recuerdo.
Volvé ...
Pronto.
domingo, 8 de enero de 2012
Así
Vamos a reír juntos. Si, juntos. Vos y yo.
Vamos a reír juntos porque reír sólo es aburrido. Reír sólo no es reír. Es largar una carcajada al aire que nadie escucha. Es contraer el diafragma y exhalar aire sin sentido, porque no se comparte.
Vamos a reír juntos porque de a dos es más lindo. Porque da alegría. Porque hace bien.
Vamos a reír juntos así me acuerdo de vos, riendo. Así veo como se forman esas finas líneas alrededor de tus ojos y como tu sonrisa deja ver una hilera de dientes medianos.
Vamos a reír juntos así me contagio de tu risa, y vos de la mía y seguimos riendo.
Vamos, acompañame. Así explotamos de alegría y suspiramos. Así, después, entrecruzamos miradas. Así recordamos juntos eso gracioso y volvemos a convulsionar de risa.
Riamos de a dos, riamos juntos. Vos y yo.
Dale, hagámoslo, así me siento bien y tengo ganas de volver a verte.
Dale, riamos juntos así me acuerdo más seguido de lo sano e increíblemente lindo que es verte reír.
domingo, 1 de enero de 2012
Vos de ella y yo de él
A Fernando
Hace un tiempo que quiero volver a enamorarme. Poco tiempo, unas semanas.
No quedaron perdidas en el olvido las charlas con Jorge sobre mis pocas ganas de volver a amar, no, al contrario… son recientes.
Pero aun así hace unos días que tengo ganas de volver a enamorarme.
Y lo más lindo es que me quiero enamorar no para olvidarte, no para desinteriorizarte, no. Quiero porque puedo. Quiero porque hay alguien. Quiero porque me hace bien.
Por eso decidí dejarte ir, eliminar todo rastro tuyo de mi vida. Desterrarte de mi interior. Echarte. Mandarte a freír churros a La Quiaca. Eso decidí.
Y lo decidí porque ya no daba para más. Era absurdo hablarte cuando no recibía respuestas. Era absurdo que me hables cuando yo no respondía. Era una pérdida de tiempo que prolongaba el dolor. Prolongaba el insomnio. La preocupación del entorno. “El Duelo”.
Y eso de hacer “El Duelo”, que parece un latiguillo de madres, abuelas, tías y amigas que pretenden levantar tu ánimo y alegrar tus días inundados de lágrimas y pañuelitos descartables, no es más que la justificación a la tristeza persistente. Una excusa a no querer salir, a llorar por los rincones, al dolor en el pecho, al cigarrillo.
“Tenés que hacer ‘El Duelo’, cuando lo elabores te vas a sentir mejor, vas a ver” te dicen. Y hoy creo que hay que mandar a “El Duelo” al diablo y vivir la vida. Y por sobretodo echarte, porque con vos en mí vivir no es vivir.
Desenamorémonos juntos. Guardemos en el recuerdo lo que éramos, lo que nunca vamos a volver a ser. Guardémoslo bien adentro de la mente, y fuera del corazón.
Dejemos de mentir con falsos sentimientos. Dejemos de mentirnos. Ya no nos amamos. Ya somos dos extraños que se conocen por dos años circunstanciales que terminaron. Ya no nos separa una calle, nos separa un mar.
Quiero que nos separe una eternidad.
Vos allá y yo acá, bien lejos.
Y te preguntarás porqué te escribo. Simple. Para que sepas. Para que te vuelvas a enamorar sin culpa. Y para que yo lo haga también. Un descargo, una confesión. El último escrito dirigido a vos.
Sí, es el último. Ya no necesito desahogarme escribiéndote. Porque escribirte es tenerte cerca.
Y yo, realmente, quiero que nos separe una eternidad.
Enamorémonos juntos. Vos de ella y yo de él. Porque somos buenos chicos, porque lo merecemos. Porque nos va a hacer bien. Hagámoslo. Seamos felices. Seámoslo separados.
Vos allá, y yo acá, bien lejos.
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