viernes, 24 de febrero de 2012

Decime Dani

   Porque a veces prefiero la ceguera.
   Como cuando alguien tiene una herida que, incesantemente, sangra.
   Como cuando "El lobo" patea al arco, porque preveo el resultado.
   Como cuando miro una película de terror, de esas que me quitan el sueño.

   Sí, a veces prefiero la ceguera.
   Y la prefiero en lo a que a él respecta también.
    Porque no necesito ver, enterarme, o confirmar aquello que puede sucederle con alguien más.
    No.
    Porque me hace mal, porque me da tristeza.
    Prefiero la ceguera. Una que me impida saberlo con otra. Una que evite la molestia, el rencor.
    Y es que será que quiero quedarme con lo bueno, Porque él también fue de lo más lindo que me pasó, porque supo hacerme feliz. Porque me demostró que todavía puedo sentir lo lindo que es saberse querido.
   Porque lo quise, porque lo quiero.
   Y esas vendas que la gente prefiere desatar existen porque así lo deseo. Porque las necesito.
    No quiero enterarme.
    No preciso saberlo con otra.
    Mi ceguera está bien. Me sirve de escudo, de protección.

    Respetenlá porque la quiero.
    Quieranlá así como yo.

    Porque eso que alguna vez fuimos, ya no es.
    Porque él puede ser otro, ser más.
    Y porque yo también puedo.
    Por eso, a veces prefiero la ceguera.
    Probablemente no sea eterna, probablemente algún día no lo ignore. Pero hoy, saberlo con otra me demuestra que el proceso de ese fin no está resuelto. Me demuestra que todavía me importa, que todavía lo pienso, que todavía lo extraño.
    Y cuando esto ya no me pase, él me contará.
    Porque es una ceguera que se comparte. Porque él también la prefiere.
    Porque es esa la idea.
 
    Es esa, y no otra.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Falsas esperanzas

Quizás debería llorarte un mar de lágrimas, uno de esos que ahoguen, que inunden de salitre los poros.
   Y es que no puedo no sentirme así. Triste. Vacía. Desilusionada.
   Por eso quizás debería llorarte un mar de lágrimas. Para limpiarme. Para lavarme de vos.
   Y es que estoy cansada de soñarte. De mirarte a lo lejos. De sentirte ausente.
   No vas a volver.
   O sí, cuando comience a volar.
   Pero ahora, que tengo las alas cortas, que piso la tierra y te pienso, no. Y eso me entristece.
   Y es que te creo, y es que me convencés. Y es que lográs que todo esto que escribo desaparezca de inmediato con sólo sonreír.  Es por eso que no te hablo, o intento no hacerlo.
   No te hablo para no olvidarme de que debería llorarte un mar de lágrimas, de esas que arrastren todo lo que depositaste en mi en pequeñas, pero fuertes, dosis.
   No te hablo aunque te sueñe, aunque te piense, aunque necesite imperiosamente renovar la esperanza de que un día, me digas que me querés con vos, que nos querés juntos.
    No te hablo porque sé que no vas a volver.
   ¿Por qué no me hablás vos?

   Quizás debería llorarte un mar de lágrimas.
   Uno de esos que ahoguen.


   Pero no puedo…

 
   aún.