- ¿En qué pensás?
- En nada…
- Dale, en algo pensás… Decíme, ¿en qué pensás?
- En que te quiero
Y claro que él no pudo hacer
menos que sonreír ante su respuesta.
Estaban en una calle
de La Plata que no tiene tranquilidad, en un departamento sin limpiar, en una habitación
sin ordenar, acostados en una cama sin tender. Ella estaba sobre él y lo miraba.
Miraba cómo él le retorcía un rulo desteñido que se había escapado de su rodete
mal hecho. Lo miraba y pensaba en eso, en que lo quería.
- Yo más… Eso no se discute.
Él parecía decir por
costumbre que la quería más. Ella sabía eso, sabía que era imposible que él la
quiera la mitad de lo que ella lo quería a él. Era un hecho, pero igual decidió
sonreír y largar una risita, un resoplido que indicaba satisfacción.
- ¿Por qué decís que me querés más?
- ¿Siempre vas a preguntar por qué? No hay un
porqué para todo.
- Si que lo hay, decime…
- No sé… te quiero más porque trato de no joderte.
Sabés la clase de tipo que soy.
- Y bueno, justamente. Yo te quiero más porque sé
la clase de tipo que sos, un Cacho Castaña cualquiera, y, sin embargo, acá
estoy.
Se besaron. Fuerte. Él
le apretaba el cuello y tironeaba de su pelo con una mano, y le tocaba una teta
con la otra, era su costumbre. Ella lo siguió con entusiasmo, pero se alejó bruscamente,
lo miró y le dijo:
- No importa cuánto me quieras vos. Importa cuánto
yo creo que vos me querés.
Y siguió besándolo.
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