lunes, 7 de mayo de 2012
Porque la quería
Iván cerró los ojos y tragó saliva. Respiró hondo, y exhaló lentamente intentando relajarse, y entregó una bolsa de residuos enorme, que estaba llena en su totalidad y parecía ser difícil de levantar por lo pesada.
No todos los días uno puede despojarse de lo que le resulta significativo para ayudar a alguien más. No es tan fácil, ni aunque eso cargado de sentimentalismo sea algo material, o una cosa, mejor dicho. Y para Iván no era fácil tampoco.
Hacía dos años que su mujer, Martina, había fallecido. Cáncer de páncreas, la causa. Ella era una chica joven, de treinta y tres años, casada y sin hijos. Iván, de treinta y dos por ese entonces, la quería con todos los sentidos. Tenían un porvenir que pintaba bien, hasta que Martina enfermó y murió en cuestión de semanas. Se le escapó la vida como arena dentro de un puño.
Cuando la mujer de Iván falleció, él pensó que no iba a poder solo. La angustia lo agotaba, le hacía doler el pecho y le quitaba el apetito. Para colmo todo en su casa le recordaba a ella. Porque ella todavía estaba presente. Porque sólo transcurrió un mes desde que se enteró que tenía cáncer, hasta que se le acabó la vida.
Y todo le recordaba a ella por las cosas. Por su ropa, sus zapatos, sus libros, sus adornos estrafalarios que llenaban la casita que tenían en el conurbano platense. Ella se fue y dejó todos sus restos por ahí, por las piezas, por los cajones, por los pasillos, y en el altillo también.
Por eso para Iván no fue fácil deshacerse de esas cosas, de las de ella, porque él la adoraba. Porque él quería oler su perfume y sentir su esencia todos los días. Pero hacía dos años que Martina había fallecido, y ya era tiempo de que se vaya, también, de los rincones de la que supo ser su casa.
En el barrio San Carlos hay un hogar de niños, un comedor infantil y una biblioteca popular juntos, como un complejo vecinal. Iván llenó tres bolsas de residuos con la ropa que era de su mujer; apiló sus libros en cajas; metió los adornos en una bolsa de papas y llevó todo allí. Le costó entregar esa parte de su vida. Le costó mucho.
Pero supo que las cosas son simplemente eso, cosas. Que Martina estaba en otros rincones, en los de sus recuerdos. Por eso regaló todo a los que más lo necesitaban, dejó el egoísmo de lado. Dio cada uno de los objetos de su mujer menos uno: ese ridículo sombrero violeta en forma de campana -que tan lindo le quedaba- y que le recordaba al día en que la conoció, cuando ella vendía pasta frola, los domingos, en plaza San Martín.
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